Hay piezas que empiezan sobre una mesa, con un lápiz y un papel. Otras, sin embargo, empiezan mucho antes, caminando, observando y guardando imágenes en la cabeza.
Este año se cumple el cuarto en el que tengo el privilegio —y también la responsabilidad— de realizar las esculturas que reciben los ganadores de The North Face Transgrancanaria.
Cuatro años buscando que cada pieza tenga algo diferente, pero manteniendo siempre una idea que para mí es fundamental: que quien se la lleve a casa se lleve también un pedazo de Gran Canaria.
Para esta edición me habían pedido introducir algún elemento nuevo. Entre las propuestas apareció el Camino de La Plata, uno de los senderos más importantes de nuestra isla por su historia y uno de esos caminos que forman parte inseparable de la cumbre de Gran Canaria.
Y ahí empecé a darle al coco.
Casi sin darme cuenta, mentalmente ya estaba subiendo por La Plata.

El Camino de La Plata como punto de partida
Quienes conocen este sendero saben que recorrerlo es mucho más que caminar.
A medida que vas ganando altura, el paisaje cambia y aparecen algunas de las imágenes más espectaculares de nuestra cumbre. Las vistas hacia las presas, los riscos, los pinares y el interior de la isla hacen que continuamente tengas que parar y mirar.
Mientras pensaba en la nueva escultura me veía precisamente allí, subiendo por ese camino en dirección a El Garañón.
En uno de los cruces, tomando un sendero a la izquierda, podemos llegar hasta una de las conocidas Ventanas del Nublo. Y digo una porque, afortunadamente, nuestra geografía nos ha regalado algunas más.
En mi cabeza hice ese recorrido.
Subí por el sendero, llegué hasta la ventana y me senté justo debajo.
Delante de mí, entre las nubes, se dejaba ver el Roque Nublo.

La imagen era preciosa.
Podría haberme quedado perfectamente con ella.
Pero cerraba los ojos y seguía viendo otra cosa.
Conocer el terreno tiene sus ventajas
Quizás una de las ventajas de conocer bien la cumbre y haber recorrido tantas veces sus senderos es que sabes que, unos kilómetros más allá, puede existir otro punto de vista completamente diferente.
Así que mentalmente continué el camino.
Desde allí subí hacia el Pico de las Nieves, al punto más alto de Gran Canaria, buscando otra ventana. La que aparecía en mi cabeza cada vez que cerraba los ojos.
Desde el aparcamiento hay que bajar un poco y adentrarse en el terreno hasta encontrar una formación conocida como La Gañifa.

Y allí estaba.
Ese era el encuadre que buscaba.
Una abertura natural en la roca que permite mirar hacia el interior de la isla y encontrarte, al fondo, con uno de nuestros grandes símbolos.
El Roque Nublo.
En ese momento todas las piezas empezaron a encajar.
Una de las Ventanas del Nublo.
El Camino de La Plata.
El Roque Nublo.
Pues con esa base surgió la idea.

De una imagen de la cumbre a una escultura
A partir de ahí comenzó el trabajo de llevar aquel paisaje a una pieza física.
No pretendía hacer una reproducción literal de lo que veía. Nunca me ha interesado copiar un paisaje exactamente como es. Me interesa más quedarme con sus líneas, sus volúmenes y, sobre todo, con la sensación que produce cuando estás delante de él.
La ventana tenía que ser el elemento que enmarcara la obra.
El Roque Nublo debía aparecer al fondo, reconocible pero integrado en el conjunto.
Y el Camino de La Plata tenía que estar presente como parte de la historia de la pieza, porque al final todo había comenzado recorriendo ese sendero.
La obra terminó tomando forma mediante materiales con los que llevo tiempo trabajando y que también hablan de nuestra tierra: madera de jatoba, pino europeo y piedra de Arucas.
De esa combinación nació “Ventana del Nublo”.
Una pieza sencilla visualmente, pero detrás de la que hay muchos kilómetros recorridos, muchas imágenes almacenadas y, sobre todo, una relación muy personal con los paisajes de Gran Canaria.

Mucho más que un trofeo
Para mí, realizar estas esculturas para la Transgrancanaria tiene algo especialmente bonito.
Los corredores llegan desde muchos lugares del mundo para enfrentarse a una carrera extraordinariamente dura, pero durante esos kilómetros también descubren nuestra isla de una manera muy particular: corriéndola, sufriéndola y atravesando algunos de sus paisajes más espectaculares.
Por eso siempre he pensado que el trofeo debía contar también esa historia.
No quería que fuera simplemente un objeto que dijera quién ganó una carrera.
Quería que, cuando dentro de unos años alguien mirara esa escultura en su casa, pudiera recordar dónde estuvo.
Gran Canaria.
Sus montañas.
Sus barrancos.
Sus caminos.
Su piedra y su madera.
Y, en esta ocasión, esa imagen del Roque Nublo apareciendo en el horizonte a través de una ventana natural de nuestra cumbre.

Ventana del Nublo
Así nació la escultura de este año.
No empezó en el taller.
Empezó caminando mentalmente por el Camino de La Plata, subiendo hacia El Garañón, sentándome bajo una ventana, cerrando los ojos y pensando que todavía había otra imagen que representaba mejor aquello que quería contar.
Después vino el Pico de las Nieves.
La Gañifa.
El Roque Nublo.
Y finalmente la madera y la piedra.
A veces diseñar consiste precisamente en eso: conocer el lugar, recorrerlo, observarlo y dejar que la idea aparezca.
Y creo que esta vez la cumbre de Gran Canaria me lo puso bastante fácil.
Ventana del Nublo es mi pequeña forma de unir paisaje, territorio, deporte y escultura en una misma pieza.
Y, un año más, de intentar que quienes vienen desde cualquier parte del mundo a correr la Transgrancanaria puedan regresar a casa llevándose con ellos un pequeño pedazo de nuestra isla.
Video oficial:
Galería de fotos:







